En una ocasión, El Conde Lucanor, se despertó de su habitual siesta de forma repentina; estaba alterado al necesitar nicotina.
Provocando un gran estruendo en su habitación, buscó algún cigarrillo entre las pelusas que ya por kilos se amontonaban en el pasillo.
Al allí no encontrar nada, púsose a gritar por la ventana; cuando asombrado, entró en la sala su sirviente Patronio:
-Oye tú, tengo más mono que mi tía Gertrudis, que se fumaba tres docenas de puros de una tacada.
No puedo dejarlo, lo he probado todo, hasta la baba de caracol de la teletienda. Ayúdame o vas a pelar limones y tragar césped hasta que Raúl vaya a la Selección.
-Está bien, le contaré una historia a modo de semejanza, que le hará sin duda alguna dejar tan diabólico vicio.
"Érase una vez un perro, que no paraba de hacer sus necesidades en las farolas de un parque. Hasta que, un día, apareció muerto por deshidratación. Se llamaba Punchi."
Lo que quería decir con ésto mi señor, es que el mal vicio puede llevar a la gente, y bueno, también a los perros, a perderlo todo.
Un día crees que lo tienes todo, y te pones a orinar en la vía pública... y ya no tienes nada.
-Gracias Patronio, tras este gran ejemplo, juro por tu vida que no volveré a probar el tabaco, salvo de lunes a domingos.
Al ver que este cuento podría tener éxito comercial, se escribieron en el cuaderno de español los siguientes versos:
A quien muchas veces fuma
En la selva lo devora un puma.